Abrazo de diciembre en abrevadero.
En 1947, Earl Silas Tupper presentó su tazón maravilla, el tupperware. Desde entonces, no me cabe duda, la gran pregunta con respecto al tupperware es: "¿Dónde כּojon£s está la tapa del tupper?".
Pero por obra y gracia de la Academia (después de intentarlo en vano con ocurrencias como portacomidas, lonchera o portaviandas), desde 2017, los buenos hispanohablantes nos avenimos a preguntar en el 70 aniversario del invento de mister Tupper: "¿Dónde כּojon£s está la tapa del táper?".
¿Quién no ha oído hablar del efecto mariposa? Yo lo vivo el 15 de noviembre de 2020 -cuando ya se suman por millones las tapas perdidas en el agujero negro de las ídem-, plantado frente al dolmen ¡con tapa! de Sagastieta, en el término municipal de Hernani (colindante con San Sebastián). Este dolmen fue citado por Barandiaran en 1928, pero su "descubrimiento" corresponde al trabajo de José María de Urdampilleta, el peón que retira piedras a su alrededor en 1950, cuando Atauri, Elósegui y Laborde sitúan su construcción en el eneolítico. (Ai, ene...!).
Pienso en el trabajo de José María de Urdampilleta y me digo: ahí está la tapa del dolmen desde hace 70 años.
El 29 de octubre los extras vascos de Jurrassik Park posan al sol en un intermedio del rodaje de la sexta entrega de la serie. Cuentan los rumores que la crisis de 2020 ha caído como un meteorito, pero que la saga apuesta por la supervivencia con la VI entrega en tierras vascas (Mendizorrotz, San Sebastián): miniproducción y minimalismo, ¡eh!
La señora levanta la mirada hacia el reloj/termómetro luminoso de la avenida de Sancho el Fuerte. 18:43, 9ºC. Da un pequeño tirón a una de esas correas con carrete y, tres metros y medio más allá, un yorkshire terrier responde como un muñeco de peluche con uñas, casi parece que caerá al dejarse arrastrar unos centímetros.
La señora lo remolca hacia la calle Iñigo Arista. En un recodo más solitario, ya sin vistas al reloj/termómetro, se dirige a su perro:
"Vamos a cruzar, que aquí no se puede estar".
Silencio. Otro tirón controlado del carrete. El perro está a unos dos metros. Ella baja un poco la voz para decir:
"Vamos, vamos a casa, que ya es hora del confinamiento".
Lo confieso, nunca había escuchado a alguien mentir a un perro. Añado: con premeditación, alevosía y nocturnidad.
Pamplona, Navarra, 23-XI-2020.
Antes de que el trabajo fuera un castigo y motivo del uso de desodorantes, Adán completó una misión (pues no cabe hablar de trabajo en el Edén): poner nombre a las cosas. Mejor dicho, a la creación. Pero no consta que nombrara ningún hongo. Sospecho que se habían desarrollado los micelios en el Edén, pero las setas no estaban aún a la vista y, quizá por eso, los hijos de los hombres empezaron a poner nombre a las setas cuando ya habían sido arrojados del paraíso.
¿Es acaso posible un paraíso sin hongos?
Los nombres de los hongos ya ofrecían un repertorio trufado de denominaciones cuando los más finos y alfabetizados retomaron la misión de Adán y, desde el SXVIII, se apropiaron de nombres populares y recurrieron a lenguas en coma. Y así, fruto del esfuerzo denominador y taxonómico, el mundo científico estuvo de acuerdo en nombres como Phallus impudicus, Morchella esculenta, Tricholoma portentosum... o el Lycoperdon perlatum.
Al Lycoperdon perlatum en España lo llamaban (lo llamamos) pedo o cuesco de lobo. También, mucho ojo, bufa del diablo. (Añádase a todo eso "perlado" o "perlada"). Me quedo con cuesco, que me parece más envolvente y recogido, quizá por evocación con un cuenco. (A veces una sola letra importa). Y así podría presentar la fotografía como Faltan unos días para soltar cuatro cuescos.
El sábado 30 de octubre A., P. y yo fuimos a pescar a unos acantilados frente al mar, en Tximistarri. La senda de aceso estaba casi oculta en algunos tramos, húmeda, resbalosa entre pasillos de ortigas, zarzas, helechos... El oleaje era demasiado bravo. Pero nos esforzábamos para pescar en la espuma.
(Tai chi vasco: aguanta erguido en las rocas con la caña en las manos, movimientos oscilatorios de lanzamiento, de recogida del sedal...).
Nos limitábamos a mojar el calamar (cebo, aclaro). No había qué pescar.
Entonces aparecieron ocho veinteañeros con pantalones, a pecho descubierto y sixpack.
-Joderjoderjoder -dije-. ¡Pero si son los lobos de Crepúsculo!
En cinco minutos se sumaron otros tres rezagados a la manada. Los once apretados como tornillos de submarino, que dicen los poetas contemporáneos. Los once amigos del mismo peluquero rapador. Llevaban bolsas con botellas y vasos. No, no eran bebidas isotónicas de gimnasio. Se agruparon y pusieron trap a tope frente al ruido del oleaje. Empezaron a fumar costo. Estaban de pie, no bailaban (recuerdo que seguimos en el País Vasco), pero cada uno posaba marcando los músculos, como si tuviera un espejo a dos metros. Pensé: mira, once amigos imaginarios abandonados por once espejos. He dicho que no bailaban, pero sí que existía cierta coreografía repetitiva del fitness en los gestos que acompañaban el trap.
(¿Nuevo tai chi vasco?).
En el extremo occidental, unos señalan Jaizkibel (con caída al Cantábrico y con una carretera en su espina dorsal), otros apuntan hacia cimas más altas: Saioa, Adi, ¡Orhi, oh, primer dosmil!
Y hay quienes nos quedamos tan satisfechos con las Peñas de Aya, oye. Ochomiles, como asegura Sergio con el criterio de los decímetros (tan menospreciados).
| Agudeza visual: busque a dos montañeros triunfantes... en Pirineos. |
| Fotografía de Pilar. |