
Citaré cuatro, entre muchas deliciosas:
“El Diablo”, dedicada a un caimán y a algo más.
“Quia imperfectum”, del que copio este fragmento revelador:
“Los indios navajos son famosos en el arte textil (…). Y la austera combinación de las tintas: rojo sangre, azul eléctrico, gris tórtola, recordaba a la de los colores de los barcos, de los coches y de ciertas banderas.
Cuando una mujer navaja está a punto de acabar uno de esos tejidos, deja en la trama y en el dibujo una pequeña fractura, un defecto, “para que el alma no quede prisionera dentro del trabajo”. Esta me parece una profunda lección de arte: prohibirse, deliberadamente, una perfección demasiado aritmética y cerrada. Porque las líneas de la obra, soldándose invisiblemente sobre sí mismas, constituirían un laberinto sin salida; una cifra, un enigma del que se ha perdido la clave. El primero que caería en el engaño sería el espíritu del que ha creado el engaño”. (págs. 64 y 65).
[Engaño, ampulosidad y perfeccionismo cerrado sobre sí mismo que, para mí, aprisiona al lector de DFW, por eso terminé aquel comentario con la recomendación de Cecchi].
“El coyote”, ¡que ejemplo de claridad, velocidad y condensación narrativa!
“Funeral de un niño”, un fogonazo.
Que lo disfruten. Otro día escribiré de La solución final, de Michael Chabon, una de las nuevas promesas de la narrativa estadounidense.
1 comentario:
Me gustó la cita.
Muchas veces, prohibirse se escapa del control del espíritu que crea el engaño.-
Cariños.
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