
(Alguien escribirá algo de matriuskas.)
La voz narrativa que Guitry pone en boca del tramposo es tan seductora, tan eficaz, que esta novela breve ambientada en el primer tercio del siglo XX puede parecer una exaltación de la fullería vital, pero otra lectura hace pensar en el niño de doce años que pierde en el primer capítulo a su familia por una intoxicación de setas (¡once muertos once! al llegar a la cuarta página, un primer capítulo con un sprint narrativo imposible de mantener); el clásico adoptado infeliz en una familia lejana (esto ya lo dejó resuelto Dickens); el adolescente que sobrevive gracias a su trabajo como botones, y a su picardía...; el parisino de adopción; el deslumbrado por Mónaco (maravillosa descripción sembrada de valoraciones del Principado); el fugaz soldado de la Gran Guerra; el crupier en Mónaco; el tramposo rico; y la caída (lo más bajo para un tramposo): su conversión en jugador.
Un gustazo que conviene agradecer a la editorial Periférica; y a Pilar, que me prestó el libro.
P.D.: Pienso releer El jugador de Dostoievski. Nada que ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario