viernes, agosto 03, 2007

Perspectiva

El manco vestía camisa de manga larga. Había pasado la última quincena de julio en San Sebastián, la mitad de cada uno de esos días (cuando no llovía) sentado en un banco de la plaza Armerías, mirando. Parecía que se le daba bien el clásico “pase de paloma” cerca del supermercado y de los contenedores de basura. También leía, equilibradamente, El Diario Vasco (sobre todo los reportajes de Ander Izagirre). Al cabo de una semana, entre sol y sombra, ya lucía un tono de moreno envidiable en el rostro. Pero no se bronceaba el brazo. Insistía en la manga larga. Y me sorprendía que todos los días se prendiera con un imperdible la manga del brazo ausente de la camisa, doblada, a la altura del pecho.
El pasado fin de semana, en una de las operaciones salida, o retorno, o retosalida, o salitorno…, el manco se fue; seguramente terminaron sus vacaciones.
Y sólo ahora comprendo que no las pasó mirando, sino dejándose ver.

P.D.: La fotografía es de los ibones de la Facha, del pasado lunes. No tiene nada que ver, pero me gusta tanto...

jueves, agosto 02, 2007

Elemental, querido Chabon

El estadounidense Chabon es mejor cuentista que novelista, y, sobre todo, mejor escritor que novelista. La solución final (Mondadori, 2007) tiene demasiadas ventajas para la lectura: la brevedad (115 páginas), impecable caracterización de personajes, el misterio de una novela detectivesca con una muerte que resolver y un loro perdido/secuestrado que encontrar/liberar/devolver... El detalle del loro en esta enumeración no es casual o una salida de tono juguetona, no. Chabon brilla más en los párrafos, o en algunos capítulos, que en el todo. Los detalles se imponen excesivamente y he marcado tres páginas para copiar, pero ahora no me dan los dedos ni el tiempo para ejemplificar con las citas entrecomilladas. Así que sólo apuntaré mis rescates: la silenciosa recolección de miel del anciano investigador (héroe) y del niño (mudo, judío y víctima de la desaparición de su loro), y el regreso del anciano a Londres.
Hay, además, otro detalle glorioso para la lectura: la vuelta de tuerca de la novela policiaca tradicional con la "resurrección" de un investigador clásico. El anciano (como se le denomina en La solución final) es la versión octogenaria (a un paso de los noventa años en 1944) del mismísimo Sherlock Holmes, apicultor y retirado en los británicos South Downs.

Vistas para compartir




En los Pirineos me trabajan algo más que las piernas. Y me acuerdo de algunos ausentes en jornadas perfectas. Por ejemplo: junto a la imagen de la Virgen de Lourdes, en la cima de la Facha (3.005) el lunes pasado, tendrían que haber estado Lucía y Simón; también sé que la imagen del descenso de Cristales (2.889), el domingo, con luz de tarde y cerco de montañas, sería perfecta para Mariana (sin mosquitos), para María y para el pequeño Julián.

viernes, julio 27, 2007

Tarzán entre nosotros




Sube y baja de Javier y Eresfea por Aralar el día de Santiago. El vocabulario tarzanesco surge entre nosotros: rampa-rampa es subir (Foto 1), Gambo-Gambo es cima (Foto 2), campa-campa es prado, pastura (Foto 3)… Y así.

México

Hay una crónica viajera de memoria, y otra que viaja dispuesta a mirar, a escuchar, a reunir los datos del momento que la memoria después olvidará. A mitad de camino entre esas actitudes se mueve el italiano Emilio Cecchi (1884-1966) en el librito que recupera la editorial Minúscula. El viajero (y el lector con él) recorre California, Nuevo México y México en sus vacaciones de profesor universitario a comienzos de los años 30 del siglo XX. La prosa en México avanza con breves crónicas que se leen a toda velocidad.
Citaré cuatro, entre muchas deliciosas:
“El Diablo”, dedicada a un caimán y a algo más.
“Quia imperfectum”, del que copio este fragmento revelador:
“Los indios navajos son famosos en el arte textil (…). Y la austera combinación de las tintas: rojo sangre, azul eléctrico, gris tórtola, recordaba a la de los colores de los barcos, de los coches y de ciertas banderas.
Cuando una mujer navaja está a punto de acabar uno de esos tejidos, deja en la trama y en el dibujo una pequeña fractura, un defecto, “para que el alma no quede prisionera dentro del trabajo”. Esta me parece una profunda lección de arte: prohibirse, deliberadamente, una perfección demasiado aritmética y cerrada. Porque las líneas de la obra, soldándose invisiblemente sobre sí mismas, constituirían un laberinto sin salida; una cifra, un enigma del que se ha perdido la clave. El primero que caería en el engaño sería el espíritu del que ha creado el engaño”. (págs. 64 y 65).
[Engaño, ampulosidad y perfeccionismo cerrado sobre sí mismo que, para mí, aprisiona al lector de DFW, por eso terminé aquel comentario con la recomendación de Cecchi].
“El coyote”, ¡que ejemplo de claridad, velocidad y condensación narrativa!
“Funeral de un niño”, un fogonazo.

Que lo disfruten. Otro día escribiré de La solución final, de Michael Chabon, una de las nuevas promesas de la narrativa estadounidense.

miércoles, julio 25, 2007

Impaciencia


El viejo me dijo que le siguiera. Caminaba demasiado despacio y, precisamente por eso, yo me cansaba. Salimos del pabellón, cruzamos un rastrojo.
-Aquí está bien -sentenció de pronto.
Se sentó en el suelo, en una linde herbosa, bajo un nogal. Yo le imité y me senté a su lado. Dejó su mano izquierda sobre mi hombro. Con la derecha arrancó un tallo seco de avena loca y se lo puso entre los dientes. Se quedó esperando algo. Su mirada era panorámica, no concentraba su atención en un punto concreto. Yo, por pensar, pensé que ojeábamos conejos.
-¿Hay conejos? –pregunté.
-Tú puedes encontrarlos…
Me sonó a rollo budista o a caminitos de autoconocimiento coelhianos.
Noté un temblor en su mano, y en sus orejas.
-¿Escucha algo?
-Sí…
Pasó un buen rato, tal vez un cuarto de hora, entonces sacó su navaja y dio un corte al tallo de avena, para renovar la chupada. Parecía orgulloso del filo de su navaja. Pasó la yema del índice sobre el filo y me guiñó.
Me inquieté, me sentí amenazado.
Pasaron unos minutos y… nada. Hasta que, extasiado al chupar la avena, le salió un ruidito agudo, como de globo que se deshincha.
Interpreté eso como una señal.
-¿Hacemos algo? –me atreví a preguntar.
-Esto es lo mejor de la vida –hizo unas prospecciones digitales en su nariz, escupió una salivilla, tomó otro tallo de avena-. Mira cómo pasa todo.
Sonó la sirena. Había que volver.

P.D.: Todo este cuento, para no hablar de la impaciencia que me agarró ayer: la del hongo. Ésa que tuve que resolver en el hayedo con cyanoxanthas (urretxas).

lunes, julio 23, 2007

"Estado español"

Hace días me encontré con Pablo B., un uruguayo, en un viaje a Pamplona. Él había conocido gente de Beasain –pronúnciese Beasáin- (Gipuzkoa –pronúnciese Guipúzcoa) que decía que se iba de vacaciones a España.
A mí esto me llena de satisfacción, porque al menos demuestra que ni el nacionalista vasco (independentista, ciclista, Sabinófilo -de Joaquín-, adoptador de una chinita, ovolactovegetariano, setero…, o lo que sea) coincide con la expresión detestable de algunos medios de comunicación: “Estado español”.

Bisaurín (2.668 m)


Ella, que es muy (pila/mogollón) grande, estaba exultante (y con razón). Yo me sentía como un gorila (en la niebla). Fue el sábado 21 de julio.

viernes, julio 20, 2007

El último DFW

Al estadounidense David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962) –desde ahora DFW- siempre le sobran palabras: en su mejor cuento “Encarnación de una generación quemada”, en su propósito de novelón final La broma infinita y en sus textos a mitad de camino entre el ensayo y el reportaje, como en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.
Con Hablemos de langostas no ha cambiado, y es terrible que el lector descubra su vocación de editor para retirar palabras de sobra a medida que lee, y es más terrible aún cuando empiezan a descubrirse los mecanismos de escritura de DFW entre descripciones que le sirven para hacer palanca en sus pensamientos y abrumadoras notas al pie de página. Me referiré sólo a tres de los diez textos que integran este Hablemos de langostas de 423 páginas que ha editado Mondadori en mayo.

1. “Gran hijo rojo” abre el libro y supongo que DFW (o su amigos que aparecen citados en los agradecimientos) saben el porqué. La cuestión es el cine porno actual en EEUU. Y ahí duele. Todo lo que tiene que contar a propósito de la pornografía está a la altura de la abundancia descriptiva del autor y las declaraciones de los personajes-personas impactan por sí solas.
(Hay un momento, en una nota al pie de página, en el que DFW se acerca a algo sublime, pero pronto lo agota con más descripciones efectistas, con anecdotario, con sus reflexiones en gravedad cero. Aquí dejo el acercamiento:
“A veces, y nunca sabes cuándo, es lo que tiene… a veces de golpe se revelan a sí mismas”, fue la explicación del detective. “Su… cómo se llama eso… humanidad.” Resultaba que al detective de la policía de Los Ángeles las películas para adultos le resultaban conmovedoras, de hecho mucho más que la mayoría de las películas convencionales de Hollywood, en las cuales los actores –a veces actores con mucho talento- se dedican a fingir una humanidad genuina, es decir: “en las películas normales, todo es intencionado. Supongo que lo que me gusta del porno es que ahí pasa de forma accidental”).
2. “Ciertamente el final de alguna cosa, o por lo menos eso es lo que a uno le da por pensar” es una crítica feroz de una novela reciente de Updike. La destroza, lo destroza.
3. “Hablemos de las langostas” tiene el runrún del título del libro. El mediocre reportaje que parecía dedicado a las langostas, por obra y gracia de la verbosidad esdrújula de DFW, se aleja del reporterismo y de las langostas.

miércoles, julio 18, 2007

Cresteando













En la cima del Argualas (3.046), Javier y Álvaro; en la antecima, a tres mil y pico, Kristina. Y Eresfea, el feógrafo. Fue el 15 de julio.
Añadiré: no sólo me gusta subir, crestear es lo máximo... Como un merengue enorme para terminar una cena.
(Sí, estoy muy primitivo).