El 6 de enero disfrutamos la aventura tresmilesca en Ernio (al fin y al cabo, el resultado de la suma de las alturas de Erniozabal, Ubeltz y Mako es 3095).
Y al final del almuerzo surgió, más o menos espontáneamente, el rosco con nata. Qué cosas...
El 6 de enero disfrutamos la aventura tresmilesca en Ernio (al fin y al cabo, el resultado de la suma de las alturas de Erniozabal, Ubeltz y Mako es 3095).
Y al final del almuerzo surgió, más o menos espontáneamente, el rosco con nata. Qué cosas...
Hoy, 1 de enero de 2022, me colocaré mi casco vintage y, mientras otros surfean, recorreré en mangas de camisa la carretera de la costa californiana en mi moto vintage, por el camino largo, como Caperucita, con una mano en el manillar y la otra en la cadera, en las rectas, claro. Me acercaré a comprar café en grano que derramaré en una bolsa de papel estraza a mi nombre (oíd el ruidito, anticipo de la felicidad), que me serviré yo mismo mientras en mi pulsera oscilan dos bolitas. ¿Y después? Esperaré con paciencia budista hasta que un mecánico, capaz de trabajar al tiempo que se toma un café solo, me la ponga a punto (la moto). Y, como soy muy mañoso, rellenaré el depósito con combustible fósil (también es vintage la gasolina, ¿no?). Volveré a mi hogar con las sombras largas del crepúsculo. Cruzaré los jardines que dan acceso a mi casa (concepto de espacio abierto) y, con el antebrazo inflamado y tatuaje discreto, sostendré un capuccino (que, después del exceso de ayer, el estómago ya no está para ristretto).
Brad Pitt se sienta a tomar café.
¿Qué propósitos fermentáis para el 2022? ¿Por qué este año no?, ¿por qué no hoy?, ¿por qué no nos deslizamos como Brad con su moto por la carretera, compramos café y nos lo tomamos solos (pero relajados) en una taza que dibuja tres niveles?
Cierto.
Perdón.
Por si sirve de algo, no tengo moto ni sé de mecánica, pero tomo el café como el mecánico. Y estoy de acuerdo en que la musiquilla de la publicidad es hiriente. Ya me iba, Ya me voy, a pie. Ya. Pero con una mano en la cadera.
Amanita muscaria ferruginosa, con la cutícula del sombrero un poco venida a menos. 27-XII-2021.
Sucesión de cimas para los ochomilistas más intrépidos (en decímetros) desde el campo base de Barbari (barrio de Zegama): Oamendi, Arripillaeta, Arranoaitz y Elortxiki.
Cima de Baratxueta, con vista al mar de nubes el 18-XII-2021. |
| Fotografía de Pilar. Aunque visto desde más abajo (desde dentro), el mar recibe un nombre mucho más prosaico: niebla. |
Qué pasa cuando tienes las gafas descompuestas por el uso, cuando se te deslizan continuamente por el puente de la nariz como si jugaran, traviesas, por un tobogán, y ya contemplas, entre la miopía y la presbicia, la compra de unas bifocales, o progresivas, como dicen ahora. Porque no quieres operarte con láser, porque te la trae al pairo la cuestión estética (con semejante nariz, las gafas salen de la categoría de atrezzo y entran en la maquillaje). Pero ya has calculado y sabes que cuestan dos ojos de la cara. Y estás pendiente de las ofertas en progresivas, que, como todas, se empañan con los cambios de temperatura y te dejan como un topo cada dos por tres en invierno.
Qué pasa, digo, cuando entras a un baño público con la urgencia dictada por la vejiga y no tiras de la bomba para eliminar los sólidos depositados por un cagón anterior, pero, en un gesto de elegancia y urbanidad, levantas la tapa protegido con el último trozo de papel higiénico. (En el gesto, no dudas de tu puntería. ¿Topo? Tal vez..., pero con el pulso de Robin Hood). Y en esa inclinación fatal, las gafas se resbalan (despegan) por la pista de la nariz, y vuelan en picado (manoteo inútil), y se hunden entre otros sólidos.
Y entonces, en medio del naufragio, piensas en el láser como una buena opción, y te dices que es una inversión, porque, al fin y al cabo, ¿cuántas veces se tropieza en la misma piedra?, ¿cuántas veces se pueden caer las gafas en la taza de un váter sucio? La gravedad siempre está ahí, sentencias, y las bifocales, perdón, las progresivas son tan caras.
Tocan a la puerta del baño. Alguien acompaña su apremio con un ruego:
-¡Por favor, por favor, por favor...! -suena una ventosidad quejosa (irreproducible)-. No... puedo... más...
Hay que tomar una decisión.
Una cosa es recibir calabazas y otra recibir una sola calabaza con sobrepeso, una de 190 kilos. Habrá quien vea ahí, sin procesar, puré o cabello de ángel para un regimiento. Imaginad cuánta dedicación, cuánto amor hay puesto al pie y sobre esta calabaza que ha crecido en tierras negras y navarras. Hacia el final del otoño, después de roturar el campo, no queda rastro de la calabacera, pero ahí está la calabaza después de jálogüin. Alguien la ha pesado (¿cómo?); alguien ha colocado esos sacos (¿para que la calabaza no se estropee con la humedad de la tierra?); alguien, al fin, ha anotado con un rotulador: "190 Kg". (Añado un adverbio: primorosamente). ¿Por qué anotar el peso? Para que otra persona lo vea, y sepa. Ese cuidado, se mire como se mire, es todo menos dar calabazas.
Pero habrá quien interprete en ese "190 Kg" vanidad y presunción de hortelano, incluso servidumbre al prototipo de platino iridiado residente en París.