lunes, marzo 19, 2012

Gazume y Sagain Zelaia

El domingo 11 de marzo, Asun, Pilar, Álvaro, Imanol, Patxi y yo redesayunamos en Asteasu y salimos del caserío Intxausti, donde muere uno de los ramales del asfalto del barrio de Errekaballarra y la PR-GI 76 se convierte en senda montañera. La ruta, como tantas otras de estas laderas de la zona norte del macizo de Hernio, ofrece un paisaje original con algún farallón calizo, hayedo, roble americano y una calzada bien trazada. Llegamos al paraje de Sagain Zelaia y seguimos la ascensión directa a Gazume. La cima no ofrecía demasiadas vistas con la niebla, pero sí una exageración pequeña (suficiente) en el buzón que marcaba 1.003 m de altitud en la cumbre de 997 m. A ver, ¿qué son seis metros comparados con el amor de una madre?; y si por seis metros entramos en el selecto Club de los miles de Guipúzcoa...

Niebla en Gazume.

De Gazume bajamos a Sagain Zelaia. La entrada de la cueva, como se ve en la fotografía, empieza con una dolina.
 

En nuestro caso, la visita había comenzado con un almuerzo previo. Luego, caminamos por el túnel amplio de casi doscientos metros de longitud (medido a ojímetro) siguiendo el curso descendente de un hilo de agua. Después gateamos, saltamos, entretuvimos la mirada con los murciélagos de herrradura...

 
Contactos en tercera fase.

 
Gateando con guantes ochenteros.

Nos contorsionamos, zigzagueamos, imitamos el paso del oso, gateamos de nuevo... hasta alcanzar la Gran Sala. Con  nuestros frontales (tan macanudos como limitados) no alcanzamos a ver la perspectiva completa de la Gran Sala, que está muy inclinada y con bloques enormes desprendidos del techo. Subimos hacia el norte de la Sala (arriba, a la derecha, según se accede) a la zona conocida como El Bosque, que en algunos lugares figura como la sala Stars Wars. El panorama de estalactitas era precioso.


 

Cuando salimos a la luz del día, habían transcurrido dos horas intensas. Fuera velaban  Pilar y Patxi, en esa labor nunca bien ponderada de vigilancia, campamento base y previsión.
Volvimos a Asteasu por una variante de la misma PR para alcanzar los coches aparcados en Intxausti.

miércoles, marzo 14, 2012

Encarri(he)lado

Encarrilado y helado, pero no llevo raquetas (nieve dura) ni calzo esquís. (¿Las huellas de los esquís de fondo no parecen la sombra de un tendido eléctrico?). El 9 de marzo, camino lanzado en una travesía solitaria de Guardetxe a Amezketa, pasando por Igaratza (fuente congelada), Pardarri (1.393m), donde el viento del norte hace llorar hasta con las gafas puestas (trato de sobreponerme, pero si Putin no pudo...: aquí, aquí, aquí). Bajo al collado de Irazusta, la fuente de Alotza está sepultada por la nieve; sigo el descenso hasta Oria iturri, donde sacio la sed. Paso al correcamina por Larraitz y llego con tiempo para subir al autobús de las 15,20 en Amezketa rumbo a Tolosa.

lunes, marzo 12, 2012

Uzturre y Loatzo

El 3 de marzo, desde Anoeta, subo a Uzturre por un camino que merece la pena, sobre todo, por el hayedo del tramo final, cuando uno vislumbra el balcón de la Cruz de Uzturre sobre Tolosa. Mirad, mirad...


 Después de alcanzar la fea y buzonada (cuatro) cima de Uzturre (730) sigo en dirección este (el cordal Uzturre Ipuliño) un trecho corto: en cuando se baja un poco, en una pradera mínima, se encuentra un hito de piedras, ahí giro a la izquierda y retrocedo bajando por el hayedo norte de Uzturre hasta la base de la subida precedente. Luego, sigo PR hasta el collado de Artxipiaga para llegar en un pispás a la cima de vacas de Loatzo (635). Este monte modesto me parece perfecto para meriendas con niños (de cualquier edad), con un refugio muy bien cuidado que dispone hasta de parrilla. Desciendo hasta Alustiza (restaurante los fines de semana).

 
El juego, ¿cuántas ranas (bermejas) y renacuajos ves?

Poco antes de llegar al caserío, bebo agua en la fuente y me distraigo con las ranas y los renacuajos del abrevadero. Desde allí, por pista cementada, bajo hasta un arroyo en el barrio de Etxeartea, antes de subir a Amasa, y sigo la pista de la regata para llegar a Villabona. Café, brioche, a casa.

sábado, marzo 10, 2012

Cambiar de idea

A cierta edad lectora (los 25, los 35, los 45, los 55, los 65...: hala, provocando la rima fácil), uno empieza a tener dificultades para encontrar cuentos o novelas que colmen sus aspiraciones. Entonces los ensayos aparecen como tabla-libro de salvación. Y pienso en los libros de ensayos como algo de límites muy flexibles. Ahí incluyo obras tan dispares como Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de Foster Wallace; Cómo estar solo, de  Franzen; Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de Foster Wallace; Misterio y maneras, de O'Connor; La felicidad de los pececillos, de Leys; El infierno imbécil, de Amis; La confesión: género literario, de Zambrano; Mímesis: la representación de la realidad en la literatura occidental, de Auerbach; Seis propuestas para el próximo milenio, de Calvino; Como una novela, de Pennac...
Si se puede hacer un paralelismo entre la literatura y la cocina, para mí, los libros de ensayos que reflexionan sobre el hacer literario (escritores que se meten a explicar cómo escriben, que tratan de hacer comprender sus lecturas de obras ajenas, incluso que tratan de comprender la realidad al borde del reportaje) son lo más parecido que encuentro a los libros de recetas de los chefs. Para lo bueno y para lo malo.
Mucha gente elige a Arguiñano como su favorito en la pléyade cocinera porque cuenta chistes (con gracia),  no usa ingredientes raros en su cocina y prepara raciones generosas. Y precisamente echo en falta esas cualidades de Arguiñano en muchos libros de ensayos: prosa sosa, sin gracia, enrarecida por la bibliografía o las referencias inalcanzables, y que, además, dejan al lector con hambre, con ganas de más (un buen libro de ensayos no empacha, pero sacia lo suficiente).
Cambiar de idea, de Zadie Smith, tiene chispa, es accesible y satisface el apetito del lector con un menú variado. Me quedo con sus reflexiones en el proceso de escritura de sus novelas, con la inteligente defensa de la literatura de calidad al margen de etiquetas, con su crónica en Liberia y con su lectura de Nabokov. Leía Cambiar de idea y pensaba en las personas a las que tengo que hacer llegar cada ensayo: Beatriz, Beatriz (no hay repetición de persona), Marta, Ander, Antonio, Paco... Porque la buena comida es, por definición, compartida.

jueves, marzo 08, 2012

Ojos que no ven

Cuando leí el título de la novela de José Ángel González Sainz, me brotó un pensamiento que casi verbalizo: "¡Gabardina que te roban!". Algo que mi madre añade sin pensar en lugar del "corazón que no siente" (o "mierda que pisas").
Pero me enderecé de modo inconsciente con la cita previa de Faulkner:
"Se nos ha escurido el espinazo; hemos decidido que un hombre ya no necesita espinazo; tenerlo está pasado de moda. Pero el surco donde estaba el espinazo sigue estando ahí, y el espinazo lo conserva vivo, y algún día vamos a escurrirnos otra vez metiéndonos en él. No sé bien cuándo ni cuánto retorcimiento nos va a costar aprenderlo, pero algún día."
 Ay, ay, ay... Había tocado hueso.
Ojos que no ven tiene mucha explicación aquí (leedla y me ahorro repeticiones), pero en mi lectura es una novela que trata lo que significa ser padre y, a un paso, lo que significa comprender la realidad (sé que acabo de dejar una idea muy abierta). Y queda en mi memoria la relación del personaje (Felipe Díaz) con los dos hijos (Juan José y Felipe), y con los caminos (que es "integración" hacia la huerta, o de vuelta de ella; camino que es "aclimatación" del hombre orillado en el arcén de carretera de camino a su trabajo diario en el País Vasco).
 ETA aparece en la novela como el detonante de la quiebra de un esposo y, sobre todo, de un padre. Por pedir la libertad de un secuestrado se enrarece la relación con su esposa (Asun) y se enfrenta a mucha gente. El personaje insiste en un valor fudamental que guía su comportamiento, un límite: el respeto al otro, al prójimo, a la vida.
Dos pegas (muy personalizadas):
El ritmo lento de la prosa (aquí están las 29 primeras páginas) me cansa con la reiteración de comparaciones e imágenes que llegan al exceso; por poner un caso carroñero: el ejemplo de los buitres y los alimoches para hablar del comportamiento humano.
Tengo la sensación de que este libro abre oportunidades que no se terminan de aprovechar y esa sensación se hace más fuerte por la lentitud con las que explora otras. Otro caso: una escena de cocina en la que el protagonista prepara judías verdes; la descripción minuciosa ligada al estado de ánimo del personaje me llamó la atención, entre otras cosas, porque antes no hubo cocina en la novela.

lunes, marzo 05, 2012

El montañero zahorí en Aratz: él nos señalaba el camino y nosotros (¡ay!) sólo veíamos el palo

Así llegaba, así, así; así llegaba que yo la vi. (Se puede cantar con esta melodía).

El hombre del palo (rabdomante) y compañía (paciente).

El domingo 26 de febrero el plan apuntaba a Otzaurte, para, desde allí, dar una vuelta entre nieblas si los pronósticos meteorológicos se cumplían. Pero en el puerto de Etxegarate la cosa estaba mu' negra y seguimos hacia Araia (buscando la luz). El renovado plan consistía en caminar hacia Zalduondo, subir a Petroleras y, en el sur de la sierra de Aizkorri, dar una vuelta por el hayedo para auparnos hasta Allarte (en el mejor de los casos) y bajar a Araia. La nieve y la niebla fueron nuestras aliadas, porque gracias a ellas almorzamos sin ambiciones de cima pegados a la pared de la borda de Azkasaroi. Allí que si jijí, que si jajá, entre jamón, salchichón, pan y queso, bananas y chocolate (fríos), caldo y café (calientes), cayeron dos botellas de vino (también fríos) entre cuatro más bien calientes (Asun, Pilar, Patxi y yo); y allí, mejor dicho, a partir de eso, se desataron los acontecimientos y las lenguas. Parecía que bajábamos, pero en la fuente de Iturrioz hubo un momento de duda, pregunta y provocación. ¿Subimos? Nadie habló de huevos, y, además, apuntábamos a la cima de Allaitz, pero a 1.300 metros de altitud el zahorí ya subía con el palo y apostaba por Aratz. Y subimos con mucha nieve (1.443). La cima estaba limpia (supongo que batida por el viento).
Y bajamos a Araia. Y nos quedamos tan anchos.