-Pero... ¿desde cuándo hay tiburones en la costa vasca?
-Desde que la gente lleva una cámara fotográfica en el bolsillo.
-Pero... ¿desde cuándo hay tiburones en la costa vasca?
-Desde que la gente lleva una cámara fotográfica en el bolsillo.
Que se la refanfinfla. O sea, que tiene la cualidad de hacer que le resulte indiferente.
La noble flema británica o la rastrera cachaza en tiempos de dificultad o agitación se le aproximan, pero que algo te la refanfinfle implica un desprecio, casi un estado del alma. Lo ibérico y, sospecho, en buena medida lo mediterráneo, era la refanfinfla, ventilada, en otras palabras, con el más reconocible me la sopla.
(Por ejemplo, ayer, 17 de febrero en España: los dimes y diretes del Partido Popular).
Si apostamos por ansiolíticos, antidepresivos, laxantes, hipnóticos... urge una línea de refanfinflantes. Tómate una (o tres) y que te deje de importar lo que cuentan, lo que hacen o dejan de hacer, y eso sin quedarte atontado o descartar el consumo de alcohol.
Habrá quien me acuse de sensacionalismo por el título, pero si se acepta que los Pirineos van de mar a mar (del Cantábrico al Mediterráneo, o viceversa)...
El batolito de Peñas de Aya ofrece vistas al Cantábrico y unos corredores memorables por la vertiente guipuzcoana. El 5-II-2022 ascendimos por Bocamina, con salida desde Arditurri. El enlace desde la senda GR 121 con las huellas de la ascensión (430 msnm) es, en palabras de Patxi, desalentador. Pero, aunque parezca inverosímil, en esa ruta hay huellas y premeditación. Optamos por el invierno, porque la maleza está venida a menos y apalearemos algunas zarzas y tojos para abrirnos camino. (A sabiendas de que vendrá la primavera pimpante y borrará nuestros esfuerzos).
Nunca se ha escrito tanto como hoy, 1 de febrero de 2022, porque nunca ha habido tanta gente, tantos alfabetizados y tantos teclados o pantallas táctiles. Y sé que mañana podré decir: "Nunca se ha escrito tanto como hoy, 2 de febrero de 2022; porque...
Desde que tantos dedos se pusieron en marcha, ocurrió un cambio radical (ya sucedió) en la escritura: la mayor parte de la palabra escrita se ha equiparado a la palabra hablada. La gente pulsa (si eso es escribir) para quitarse problemas de encima. María Zambrano lo explicó en Por qué se escribe:
Habiendo un hablar, ¿por qué el escribir? Pero lo inmediato, lo que brota de nuestra espontaneidad, es algo de lo que íntegramente no nos hacemos responsables, porque no brota de la totalidad íntegra de nuestra persona; es una reacción siempre urgente, apremiante. Hablamos porque algo nos apremia y el apremio llega de fuera, de una trampa en que las circunstancias pretenden cazarnos, y la palabra nos libra de ella. Por la palabra nos hacemos libres, libres del momento, de la circunstancia apremiante e instantánea. Pero la palabra no nos recoge, ni por tanto, nos crea y, por el contrario, el mucho uso de ella produce siempre una disgregación; vencemos por la palabra al momento y luego somos vencidos por él, por la sucesión de ellos que van llevándose nuestro ataque sin dejarnos responder. Es una continua victoria que al fin se transmuta en derrota.
Y de esta derrota, derrota íntima, humana, no de un hombre particular, sino del ser humano, nace la exigencia del escribir. Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente.
Y la victoria sólo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota, o sea, en las mismas palabras.
Un poco más adelante, Zambrano detalla:
Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja.
La palabruta es la palabra que no se retiene, la que se suelta sin reflexión. Antes estaba marcada por la imperfección propia de quien hablaba, aquella palabra sobre la que había que volver una y otra vez; ahora se extiende con la marea creciente de la escritura hablada.
Muchos escritores han reflexionado en torno al porqué de la escritura, y casi todos han terminado explicando su porqué. Hoy, 1 de febrero, me quedo con Joan Didion, en las antípodas de la palabruta:
Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué veo y qué significa. Para averiguar lo que quiero y lo que me da miedo.
P.D.: De la palabruta a la palabrupta solo hay una p, pero da miedo asomarse...
San Donato (1493) es una referencia visual en nuestras andanzas montañeras ("Mira, ahí está San Donato"). Pero algo tiene la faja Akerrei cuando no se elige la montaña por la cima... La proa de San Donato (Beriain-Ihurbain) es un punto cardinal en muchos paisajes, una referencia en el horizonte, pero en la faja de Akerrei se camina consciente de cada paso, por una huella de ovejas invisible desde otro lugar.
Por cierto, en la bajada de la faja al bosque, el 22 de enero del 22, conté lana y huesos de ocho ovejas despeñadas.
Como decía Borges, "estas palabras hay que oírlas, no leerlas":
“Ay, cabezón, que desde el primer día hiciste sufrir a tu madre…”
La descripción de los cabezones está abierta a la prosopografía, a la etopeya, o a la reunión de ambas. Tanto los de perímetro craneal exagerado como los testarudos andan tranquilos por el mundo. Los primeros son legión y con los otros no hay censo posible -porque dicen que cabezones no, que son sinceros, tenaces o, lo peor, "así"-.
Los cabezones físicos alivian su desproporción cuando crecen a lo largo y a lo ancho. (¿Quién no conoció al niño de la cabeza apoyada en la mano, en el pupitre, en un compañero... a quien le creció el cuerpo lo suficiente como para soportar su cráneo sin manos?). Los cabezones de carácter, crezca o mengüe el cuerpo, tienden a reafirmarse en su cabezonería. No sé si serán felices o no, pero sí que son los demás quienes, hartos, terminan echándose las manos a la cabeza (propia).
Y entre tanto cabezón, los cabecitas viven marginados. Imaginad su alarma cuando el cuerpo se estira en la adolescencia y se les pone tipo de cerilla para chimeneas, miraos las carnes ante el espejo antes de la temporada de playa y acordaos de los cabecitas. Cuando su cuerpo engorda, en la cabecita solo crece la papada y el morrillo. ¿Y cuando se quedan calvos y no pueden ahuecarse el pelo? No hay buenas noticias para los cabecitas. Solo descansan en la moto, o cuando nieva (¡el calentamiento global!) y se pueden poner un gorro con pompón, o cuando en Carnaval se disfrazan otra vez de piruleta o de margarita.
Apuesto por la visibilización del Cabecita (desde aquí con mayúscula, para que abulte más), siempre en desventaja con el cabezón, ninguneado hasta cuando se le juzga solo por su carácter:
"Ay, cabecita loca...".
El 6 de enero disfrutamos la aventura tresmilesca en Ernio (al fin y al cabo, el resultado de la suma de las alturas de Erniozabal, Ubeltz y Mako es 3095).
Y al final del almuerzo surgió, más o menos espontáneamente, el rosco con nata. Qué cosas...
Hoy, 1 de enero de 2022, me colocaré mi casco vintage y, mientras otros surfean, recorreré en mangas de camisa la carretera de la costa californiana en mi moto vintage, por el camino largo, como Caperucita, con una mano en el manillar y la otra en la cadera, en las rectas, claro. Me acercaré a comprar café en grano que derramaré en una bolsa de papel estraza a mi nombre (oíd el ruidito, anticipo de la felicidad), que me serviré yo mismo mientras en mi pulsera oscilan dos bolitas. ¿Y después? Esperaré con paciencia budista hasta que un mecánico, capaz de trabajar al tiempo que se toma un café solo, me la ponga a punto (la moto). Y, como soy muy mañoso, rellenaré el depósito con combustible fósil (también es vintage la gasolina, ¿no?). Volveré a mi hogar con las sombras largas del crepúsculo. Cruzaré los jardines que dan acceso a mi casa (concepto de espacio abierto) y, con el antebrazo inflamado y tatuaje discreto, sostendré un capuccino (que, después del exceso de ayer, el estómago ya no está para ristretto).
Brad Pitt se sienta a tomar café.
¿Qué propósitos fermentáis para el 2022? ¿Por qué este año no?, ¿por qué no hoy?, ¿por qué no nos deslizamos como Brad con su moto por la carretera, compramos café y nos lo tomamos solos (pero relajados) en una taza que dibuja tres niveles?
Cierto.
Perdón.
Por si sirve de algo, no tengo moto ni sé de mecánica, pero tomo el café como el mecánico. Y estoy de acuerdo en que la musiquilla de la publicidad es hiriente. Ya me iba, Ya me voy, a pie. Ya. Pero con una mano en la cadera.