Vivir en los corazones que dejamos atrás no es vivirJoseph ConradSiempre le gustó guardar cosas para mejores momentos. Espíritu de ardilla, decía su madre cuando se encontraba el billete de una entrada de cine, un guijarro manoseado hasta el brillo, o una servilleta de papel con cualquier anotación indescifrable en el bolsillo de una gabardina. Quizá por atesorar o por ser fiel a algo concreto, compró un disco de Pink Floyd en España antes de su partida a Uruguay. Allí, se dijo, encontraría el momento adecuado para abrir ese disco y escucharlo. De esto ya hacía algunos años, no demasiados, pero la técnica ha progresado, los tocadiscos se extinguieron y no se venden discos de vinilo como el suyo.
¿Cómo pasaron los años? Escucharé el disco cuando me licencie, dijo en un momento de optimismo. Tal vez entonces aún creía que terminaría los estudios de Ingeniería, hoy sabe que nunca obtendrá ese diploma. Cuando los estudios fueron desplazados por otros intereses, se prometió: escucharé el disco cuando encuentre a la mujer de mi vida. Pero, claro, para eso, el lógico precisa mirar la vida desde el final. ¿Quién le dice a un tipo cargado de dudas que “la mujer de mi vida” es Juliana, Federica, Lurdes o hasta la misma Marta? Quizá a cada una de ellas se lo dijo alguna vez. Con vehemencia.
-Eres la mujer de mi vida…
Lo que parecía imposible de determinar por su parte se lo concedió al matrimonio. Era una prueba segura: cuando me case, se dijo, será que habré encontrado a “la mujer de mi vida”. Entonces escucharé el disco de Pink Floyd. Pero no se casó, en su lugar se fue a vivir con Marta. ¿Era Marta la mujer de su vida? Casi no le dio tiempo a proponerse que cuando fuera padre de una niña escucharía el disco, porque nació un niño; y ya le estaban saliendo los dientes a Fernando, cuando sus padres, o sea Marta y él, se separaban como amigos, como es costumbre hoy en día entre las parejas civilizadas. En esa separación limpiamente ejecutada por Marta estuvo tentado de escuchar el disco, pero eso hubiera sido un gesto inolvidable de masoquismo. Sufrió mucho con aquella separación, tanto que se arrepintió de no haberse casado, de no haber escogido el nombre de su hijo por la tontería de decir que sólo tenía reservados nombres de nena (Lurdes, Lidia, Lorena: el imperio de la ele), de no haber puesto el disco a todo volumen cuando Fernando nació.
Mirando hacia atrás en aquellos años, sólo ve un cambio de orden en la sucesión de las excusas. Sí, cuando Marta se separó de él, ya era tarde para abrirlo. Tan tarde que ella se apropió el tocadiscos en la separación; tan tarde que ya no le quedaba ningún amigo de verdad con un aparato semejante en casa. Y sí, conocía a alguno que todavía guardaba su tocadiscos, pero aparecer en su casa significaba recontar el postergado fracaso, el abandono, las oportunidades fallidas. Pensó en los últimos hitos: cuando Marta y él compraron el piso, el bautizo secreto de su hijo en el baño antes de salir de casa para siempre, el viaje a Amsterdam... Comprendió: había que conservar un sueño, aunque fuera añejo, de vinilo y oído por los demás. Era su reserva (y su peculiar renuncia). Se prometió, además, no revelar a nadie el título del disco.