martes, mayo 06, 2008

Elefante africano en Buenos Aires



El elefante se estira para capturar la comida que tira gente con mala puntería.
Y un niño pide a su madre una trompa como la del elefante.

domingo, mayo 04, 2008

Quince minutos con Pancho




Ayer viajé a Buenos Aires. La luz de un soleado sábado otoñal ofrecía la mejor cara de la ciudad, y la oferta cultural tenía su epicentro en otra jornada de la XXXIV Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Así que caminé mucho y me fui al zoo para ver a Pancho, y que me perdonen los amigos bonaerenses y culturosos de la vecina feria de las editoriales.
Pagué 8 pesos en la entrada y caminé directo al otro extremo del zoo, donde descansa (aparentemente lo hace de maravilla) Pancho, el veterano chimpancé.
(¿Quién es Pancho? Haz clic en el cartel de la imagen y lee).
Pancho es un outsider, un resistente, un preso de por vida con yogures y pelotas. Cuando llegué ante él, estaba tumbado boca arriba y con una mano en cada pie. ¿Cuánto puede aguantar un chimpancé esa postura? Me senté junto al recinto de Pancho y anoté las expresiones de los numerosos visitantes que se agolpaban ante el vidrio protector.
Joven: “¡No es de verdad, boluda [la boluda era su novia]!, ¿no ves que no se mueve? (golpeando el vidrio bajo el cartel “Prohibido golpear el vidrio”).
Niña: “¡Está muerto!”.
Niño: “¡Pancho, movete!” (golpeando el vidrio bajo el cartel).
Señora: “No se mueve, parece una estatua”.
Madre (a su niña): “¿Te gusta? ¿Lo llevamos a casa?”.
Niña (a su madre): “Nooooo…”.
Señor (golpeando el vidrio bajo el cartel): "No se mueve".
Nena (a gritos, golpeando el vidrio bajo el cartel): “¡Mono!, ¡mono!, ¡mono!, ¡mono!, ¡mono!
Mujer a otra mujer: “Vámonos, que no se mueve”.
Y Pancho, del otro lado del otro lado del vidrio golpeado, impertérrito, mantenía la expresión simiesca de estoicismo. Cuando me fui (quince minutos después), Pancho seguía tumbado boca arriba y con una mano en cada pie.

Hace unos años, en una página de la asociación Gran Simio, leí que a Pancho le habían extirpado un testículo y que tenía artritis. Vamos, que estaba hecho puré. Entonces lo visité y lo encontré tirado (camuflado) detrás de un tronco. Una cuidadora del zoo vestida de verde me dijo que estaba deprimido.
Son graciosos los monos, concitan tanto público o más que el oso polar, el hipopótamo o el tigre. La gente no los mira como si fueran animales.

En fin, puedo afirmar, para alegría de propios y extraños, que ayer encontré a Pancho mejorado y rejuvenecido, incluso (inclusive en Argentina) diría que con cierto sentido del humor y con ganas de pitorreo.

P.D.: Felicidades, Imanol. Y recuerdos a la memoria del mono cangrejero de Antonio Gala.
P.D.2: El viernes Tom Wolfe estuvo allí (en la feria, no en el zoo).

viernes, mayo 02, 2008

Ayer, hoy, mañana... y más allá

Ayer descubrí con sorpresa que hay calzoncillos ignífugos, tienen hasta su publicidad en internet.
Hoy cumple años Josefina. Me dio no sé qué regalarle los calzoncillos ignífugos...
Mañana, 3 de mayo, Eileen cumple años. Tampoco creo que acepte como regalo los calzoncillos ignífugos.
El domingo 4 de mayo, Imanol cumplirá 40 años. Iba a mandarle por correo los calzoncillos ignífugos (por fin alguien adecuado para los calzones...). Pero, desde Montevideo, no llegaría a tiempo el regalo, así que he decidido homenajear al amigo (amante de la naturaleza) y tomaré mañana para él unas fotografías de Pancho, el chimpacé más famoso del zoo de Buenos Aires. Ya dije una vez que está viejito (el simio, no Imanol) y que en una operación le extrajeron un testículo. Redondearé el homenaje a Imanol con una foto o filmación de los canguros.

jueves, mayo 01, 2008

Lección de Pepe

Entre 1990 y 1991 viví un año sabático sin saberlo. Me di cuenta cuando terminó y volví a trabajar. Por eso lo llamo viernésico.
Aguanté unos meses con el euskera; días con el inglés, por dificultades bailongas con la profesora; y semanas con el alemán, porque después de la clase organizábamos una partida de parchís en un bar cercano. El camarero, cuando me veía jugando con tres mujeres al parchís, se acercaba y me daba la Grimbergen con media sonrisa que me recordaba mucho a la de Kazuro (dígase Kasuro).
Dejé el parchís cuando mi amigo Josean (DEP) me presentó en el bar Teo. Allí jugaba a cartas con un grupo de señores mayores. Gente experta, duchos en el tute y en el mus. Allí aprendí mucho.
Pepe tenía porte de galán, los brazos tatuados, más de setenta años y muchas batallas perdidas. Él decía: “Yo he follado más que todos vosotros juntos”. Y nadie afirmaba, negaba o levantaba la cabeza. Pedro, el sólido carnicero cuarentón, abría el abanico de sus cartas con cuidado, sin parpadear. Ángel, siempre bronceado de sus paseos de jubilado por la playa, se hacía el sordo… Y yo me sentía bien, por debajo de Pepe. (Está bien que haya autoridad). Me daba un codazo cómplice y volvía a la carga: “He follado más que toda esta pandilla de viejos junta”. “A ver, Pepe, ¿quieres mus o no quieres mus?”, le cortaba Pedro con cierto desinterés.
A Pepe le venía a buscar todas las tardes la mujer. Ella entraba al bar, a Pepe se le iluminaba el rostro y le costaba menos de un minuto dejar la partida de cartas. No importaba si ganaba o perdía. Nunca hacía esperar a su mujer. Si algo estaba por decidirse, él pagaba los cafés o las copas y se iba del brazo con su señora con paso de guapo tanguero.
La amistad de Pepe (DEP) fue de lo mejor que yo, sin saberlo aún, viviría en ese año viernésico.

P.D.: Aquel año, Kazuro (dígase Kasuro) salió en la televisión vasca. Imaginé vascas versiones de esa aparición:
-Pedante: un nipón imbuido en la cultura vasca.
-Sentimental: un japonés enamorado de nuestras tradiciones y nuestra lengua.
-Envidiosillo: un chino borracho en una sidrería, contando cómo ha aprendido euskera en seis meses.

martes, abril 29, 2008

VayVen, 100 números

Leo VayVen los sábados, casi todos los textos, nunca la agenda. Era una revista semanal de pequeño formato que empezó como una especie de agenda de servicios de entretenimiento (con secciones liliputienses de actualidad en cine, música, gastronomía, lecturas…) y con un montón de columnistas.
Cien números después, es una revista semanal de pequeño formato que sigue como una agenda de servicios de entretenimiento (con secciones liliputienses: cine, música, gastronomía, lecturas…), donde desaparecieron los columnistas (se vistieran o no de columnistas), donde quedaron varados algunos columnáufragos, y donde M. Caviglia escribe las mejores crónicas gastronómicas de Uruguay (ella es el género).
En el número 100, el último sábado, los autores se retrataban mostrando de qué son fan. Está muy bien este método perfilador, y realmente confirmé mis prejuicios a propósito de la personalidad de los periodistas de VayVen. Quien me parecía un falso intelectualoide salió del perfil fan como falso intelectualoide confeso; quien me parecía idiota, idiota; quien me parecía aburrido, aburrido; y así sucesivamente... (Confirmación de prejuicios).
Quiero destacar dos elecciones de “fanáticas” que me hicieron pensar.
M. Barrientos y su adoración por las “Elizaga”. Yo vi y oí la actuación de una Elizaga madura en un corto audiovisual y desde entonces soy fan; seré fan (DEP).
V. Gómez y su deslumbramiento ante Quino. Ahí va una imagen (sin Mafalda).

P.D.: El domingo aún pensaba… ¿Por qué los argentinos no nominan a Quino para el Nobel de literatura? Se sacarían la frustración del Anobel de Borges… Por qué no Quino, insisto. ¿Acaso no será otra vez candidato Dylan, Bob?

P.D.2: M. Caviglia, te lo ruego, no abandones a pesar de la miseria que cobras por tu singular trabajo.

lunes, abril 28, 2008

Hitos


En la montaña, a veces, la senda no está bien dibujada. Entonces se agradece la guía de los montoncitos de piedras, los hitos que los franceses llaman cairn.
Tengo una extraña confianza en los hitos. Aunque se desvíen de la mejor ruta, señalan el camino que otro hizo, el que tú reafirmas con tus pasos; marcan, también, la preocupación de otro por los pasos de los demás. Son montones de generosidad.
P.D.: En la imagen, Patxi en un pedregoso descenso de Espelunga (¡unga-unga!). Allí también había hitos.

jueves, abril 24, 2008

Lección de euskera

En las clases de euskera le miraba las medias a María. María, además, tenía la costumbre de vestir faldas cortas y tenía unas largas piernas. Todos los días me sorprendía con unas medias diferentes, muy originales en los dibujos y los colores. Yo le miraba las medias y pensaba: ¿dónde conseguirá esta mujer las medias?, ¿le llegará el presupuesto para no repetir medias?
Y Kazuro (léase Kasuro), el japonés que estudiaba con nosotros, siempre decía al resto de los compañeros: le está mirando las piernas a María. (Lo decía en euskera, no desaprovechaba ninguna oportunidad para practicar).
Yo no podía negarlo: le miraba las piernas. Y no iba a arreglar nada si precisaba que mi objeto de atención eran las medias.
A Kazuro le sorprendía que todos los alumnos del grupo se pusieran de mi lado en esa situación: los hombres exclamaban alguna procacidad alentándome; las mujeres se reían o me sacaban la cara; al profesor se le adivinaba una sonrisa entre sus barbas de talibán; María sonreía.
Yo, con 22 años, era el benjamín del grupo, y aprendí una lección más allá del idioma: un joven que mira la piernas a una mujer con atención es un tipo que cae simpático en Occidente.
Más aún: provoca la admiración.

P.D.: Siempre me gustaron las piernas de Kim Novak (todo sea dicho).

martes, abril 22, 2008

Memoria del sabor (con gas postrero)

Heredé de mi abuelo Eusebio la pasión por la cocina y una pizca de su apetito mítico (Obélix, un enano a su lado). Después de algunos experimentos solitarios (agua con azúcar y bocadillo de mayonesa), con él aprendí a cocinar mi primer plato: caracoles. Luego llegaron: gorriones, tortolillas y lirones.
Muchos años después aprendí a preparar la pasta y el arroz.
No heredé de Eusebio su bendita imperfección con los sabores. Mi abuelo era perfectamente feliz comiendo porque no tenía bien definida la memoria de largo plazo para el sabor; así, el último plato siempre era el mejor. Lo hubiera jurado sobre la Biblia (si no fuera porque era un hombre que no juraba). Y hubiera sido sincero.
Era un gordo feliz y agradecido, siempre mostraba su entusiasmo renovado después de comer: recuerdo unas tortolitas con salsa cazadora (“lo mejor que he comido en mi vida”); unos karraspios rebozados y fritos (“lo mejor que he comido en…”), un perol de alubias con todos sus sacramentos (“lo mejor que he comido…”), un cochinillo asado (“lo mejor que…”), una humilde berza con patatas y un sofrito de ajo (“lo mejor…”).
En cada ocasión alcanzaba el cielo, y no era sólo el cielo del paladar.

P.D.: De aquellos tiempos gloriosos con trabajadas digestiones, guardamos en la familia un dicho dedicado al pedo sonoro (la ventosidad) y convertido en emblema: “Qué buena voz para un recién nacido”.

lunes, abril 21, 2008

Ejercicio de memoria

En el año 2000 traté de memorizar el paisaje que se veía desde el altozano de Tobolks, donde se levantaba la prisión en la que estuvo encerrado Dostoievski. Después almorcé y tomé 150 gramos de vodka.
Al atardecer, Nikolai compró esturioncitos aún vivos, recién pescados, a unos chiquillos que se fueron felices jugando con sus cañas y un fajo de rublos.
Hoy hay puntos ciegos en aquel paisaje que traté de imponer a mi memoria. Pero sé dónde pescaron aquellos niños los esturiones, podría volver allí y colocar un aparejo en el lugar preciso. Pocas memorias son tan precisas como las de los pescadores; por eso, quizá, tienen fama de inventar y agrandar historias.

P.D.: Los esturiones asados en las brasas estaban muy ricos.

jueves, abril 17, 2008

Y te faltará cielo para dar vueltas

Papá había venido a comer a casa, quizá era su cumpleaños. Llegó triunfante, pidió una olla grande, sal y una hoja de laurel; sonrió y abrió un pequeño saco de arpillera. Mamá vació su tesoro en una olla de acero inoxidable: dos kilos de percebes.
-Los percebes, cojonudos. Lo malo es que te dejan en los dedos con un olor a coño que mata -comentó el tío Carlos después de devorar su ración.
Entonces la mirada de mi padre pasó por Susana y por mí, no se detuvo en mamá, y se fijó en el tío Carlos. Habló muy despacio:
-Si no sabes hablar..., cierra la boca o te la partiré. Y te faltará cielo para dar vueltas.
Papá tenía las mangas del jersey recogidas hasta los codos, los músculos de los antebrazos tensos y los puños como martillos pilones. Y aunque ya no vivía en casa, aún le quedaba aquello difícil de comprender, algo que mamá siempre respetó.
Mamá salvó la cara al tío Carlos, por algo era su hermano. Lo sacó del comedor protegiéndolo con su cuerpo cuando el mismo cielo le esperaba.
-El tío Carlos es un espontáneo… -dijo mamá cuando pasaba a la altura de papá.
Y papá se despidió de Susana y de mí dejando un momento sus manos abiertas sobre nuestras cabezas. Se marchó de casa con un susurro, cerrando la puerta con cuidado, para no hacer ruido. No dije nada en aquel instante. Ahora creo que por aquel entonces mi padre ya había asimilado la separación y que nunca podría volver a vivir en casa.
A veces se lo comento a mi hermana Susana, que era pequeña y no recuerda la escena: “Y te faltará cielo para dar vueltas”. Ése era nuestro padre.