El elefante se estira para capturar la comida que tira gente con mala puntería.
Y un niño pide a su madre una trompa como la del elefante.



Ayer descubrí con sorpresa que hay calzoncillos ignífugos, tienen hasta su publicidad en internet.
Entre 1990 y 1991 viví un año sabático sin saberlo. Me di cuenta cuando terminó y volví a trabajar. Por eso lo llamo viernésico.
Leo VayVen los sábados, casi todos los textos, nunca la agenda. Era una revista semanal de pequeño formato que empezó como una especie de agenda de servicios de entretenimiento (con secciones liliputienses de actualidad en cine, música, gastronomía, lecturas…) y con un montón de columnistas.
En las clases de euskera le miraba las medias a María. María, además, tenía la costumbre de vestir faldas cortas y tenía unas largas piernas. Todos los días me sorprendía con unas medias diferentes, muy originales en los dibujos y los colores. Yo le miraba las medias y pensaba: ¿dónde conseguirá esta mujer las medias?, ¿le llegará el presupuesto para no repetir medias?
En el año 2000 traté de memorizar el paisaje que se veía desde el altozano de Tobolks, donde se levantaba la prisión en la que estuvo encerrado Dostoievski. Después almorcé y tomé 150 gramos de vodka.
Papá había venido a comer a casa, quizá era su cumpleaños. Llegó triunfante, pidió una olla grande, sal y una hoja de laurel; sonrió y abrió un pequeño saco de arpillera. Mamá vació su tesoro en una olla de acero inoxidable: dos kilos de percebes.