viernes, septiembre 15, 2006

Voz de chopera


Es verano y hace días que veo a mi abuelo mojándose los pies en el canal de agua abierto por Fernando y su padre a golpe de azada, en un santiamén, para que las ovejas bebieran más cómodamente en la chopera de Artajona.
Era cuando los niños podían beber el agua de esa acequia sin miedo a la diarrea.
Era antes de que Fernando reventara en un accidente de automóvil, en Campanas.
Era cuando a mi abuelo le salían pecas en el lomo; siempre huía del sol (“Lo mejor del sol: la sombra”), pero no siempre lo lograba.
Era cuando nos sentábamos en la hierba ramoneada por la ovejas y nos mojábamos los pies, tan ricamente.
Olía a juncos y a chopos. Cantaba la oropéndola, chillaban estorninos y gorriones…
Y lo guardo todo en la memoria menos la voz de mi difunto abuelo cuando me decía lo que me decía. Puedo reproducir sus palabras, no su voz.

Leed, leed el primer texto de Tabucchi en Autobiografías ajenas (Anagrama).

P.D.: En la imagen gugueliana se puede ver el presente del lugar: plátanos en un paseo. Apenas se distingue algún viejo chopo. Un gobierno iluminado de la muy noble y leal villa de Artajona taló hace años los chopos autóctonos y plantó hileras de álamo blanco en su lugar. Aún no entiendo por qué.

3 comentarios:

Berna dijo...

Cuando yo era chica, el mundo tenía olor a algo casero en el horno, ruido a cubiertos chocando con los platos, y sabor a pan recién horneado. Sol en la cara y, de vez en cuando, un vientito que daba frío en los brazos. Yo sí puedo escuchar esas voces que ya no están, no te las puedo describir, pero todavía las siento.

El otro yo dijo...

Todavía hoy veo a mi abuelo pelear con mi abuela por la salsa de la pizza. Adoraba hacer pizzas en el horno de barro y perseguirnos con el sable que había traído de uno de sus viajes. Escucho a mi abuela gritarle furiosa que dejara de ser un niño. Ah, pero él no le hacía caso y nos perseguía con el sable por todo el jardín y nosotros-los nietos- nos trepábamos en los árboles o nos escondíamos en garaje.
El sable ya no cuelga arriba de la estufa y tampoco están los ronquidos que hacía temblar la casa, la mirada transparente, el beso rasposo, el olor a colonia y a remedio y esa sonrisa pícara que enloquecía a mi abuela.

carol dijo...

Uy que ilusion! pueblos vecinos, Artajona, Campanas y su Huracàn...
Siempre pensamos con nostalgia en los tiempos pasados, y tambien recordamos con nostalgia a nuestros abuelos, casi siempre unidos a un pueblo.
saludos