
Toni (se hacía llamar así) entró en la clase con un vestido rojo bajo la casaca, el pelo recogido con un peinado especial y la cara maquillada. Supuse que le faltaba tiempo para marcharse a su casa, arreglarse y salir a la fiesta programada después. Pero no. La fiesta se iba a celebrar allí mismo, en clase de inglés. Despejamos la sala de pupitres y abrimos un gran espacio en medio. Toni, me cuesta un poco decirlo, era la profesora. Ella sacó de su bolso un taco de plantillas, como las de los zapatos, pero de cartón. Se notaba demasiado que las había cortado con una tijera pequeña, tenían los bordes mal trazados, a escalones, rasposos.
-Son huellas -nos dijo Toni-. Huellas para aprender a bailar.
Entonces, ante la clase aún atónita, sacó una papel con instrucciones y distribuyó los pasos de papel por el suelo. Cada cartón estaba pintado de un color y tenía un número. Los pegó en el suelo con cinta adhesiva. Luego, con mucha ceremonia, se quitó la casaca y pidió la ayuda de un voluntario:
-Necesito un voluntario, a ver..., E., plis.
Me agarró la mano izquierda y me atrapó por el lado derecho de la cadera. Y, como quien invita a un baile ceremonioso, me rogó que me subiera a las “plantillas de salida”: yelou, red; o lo que era lo mismo, guan, chu.
-Hoy empezamos con el vals, que es el más fácil. Mirad las huellas y cantad conmigo los colores y los números. Además, mientras bailéis, podéis aprovechar y preguntaros otra vez de dónde sois y cuál es vuestro nombre. Primero bailamos E. y yo, luego elegid pareja, presentaros, decir de dónde sois y contar los números y decir los colores mientras bailáis. ¿OK?
No me lo podía creer: allí estaba yo bailando vals, mientras ella miraba el papel con la secuencia de los pasos y decía en voz alta: red, guan, grin, chu; yelou, zri… Y el grupo repetía: red, guan, grin, chu; yelou, zri… (Reléase la repetición con los compases de Danubio azul).
Fue tan divertido que no dio tiempo para que bailaran los demás. Una juerga para todo el grupo, excepto para mí, que me esforzaba en aprender los pasos cuando los demás aprendían inglés como por ensalmo.
Cuando sonó la sirena del fin de la clase, apenas respiré dos bocanadas de aire y oí a Toni (sudorosa, feliz):
-Chicos, el próximo día... ¡lambada!
-¡Yuju! -gritó alguien.
Toni me sacaba unos veinte años y tenía el tipo de una jugadora de basket ruso retirada hace otros veinte años. Estaba sobradamente capacitada, por ejemplo, para agarrarme la cabeza con una sola mano, como si fuera un balón.
No volví a inglés.
P.D.: Cuando abuso de los chinchulines y el chimichirri, en las pesadillas bailo lambada con Toni. Ella viste algo satinado y de color naranja.